Filosofía Islámica de la Ciencia

La ciencia es el estudio sistemático del comportamiento de ciertos fenómenos (es decir, regularidades, uniformidades) en el universo físico. El estudio científico se basa en la observación, experimento, medición y formulación de leyes universales que describen estos hechos y fenómenos en términos generales permitiendo la predicción.

La ciencia tiene dos aspectos: el aspecto de “investigación” y el aspecto práctico (teléfonos móviles, coches, tecnología, etc). El proceso de descripción de regularidades (cosas que ocurren de un modo determinado) está incompleto y nunca es exhaustivo porque las regularidades no son exactas ni deterministas. Actualmente hay bastante aproximación y simplificación implicadas en el proceso. Algunos campos que están influenciados por este proceso aproximado incluyen la ciencia de la vida y las ecuaciones lineales y no lineales. Si se desea una ecuación exacta, entonces estas leyes científicas, útiles para la predicción, deben ser formuladas en términos matemáticos; esto representa el negocio de la ciencia al completo. Las ecuaciones obtenidas generalmente son no lineales. Estos problemas no lineales solo pueden ser tratados usando ordenadores potentes. Los problemas analizados son típicamente aquellos concernientes a pequeñas mediciones donde las amplias aproximaciones no funcionarían.

La popularidad de las raíces de la ciencia deriva de sus usos prácticos así como el modo en que hace uso de las regularidades del mundo para producir tecnología. El uso de la ciencia afecta virtualmente a todos los aspectos de la vida diaria, de ahí la importancia de su práctica. En otras palabras, la enorme popularidad de la ciencia es debida a sus resultados prácticos, como los anteriores ejemplos tecnológicos que hemos citado. La ciencia versa sobre el estudio de regularidades en el mundo material y la descripción de dichas regularidades con el fin de hacer que las predicciones y el uso diario que hacemos de la tecnología sean posibles.

Es importante acentuar que la descripción y el uso en la relación a la ciencia no significa explicar, más bien se usa para dar sentido a algo; la descripción no debe confundirse con la explicación. Es más, la ciencia se trata de describir, no de explicar. En el momento en que un científico habla sobre el significado detrás de la ley o la regularidad en la naturaleza, y nuestra habilidad para beneficiarnos de ello, deja de ser ciencia para aventurarse en la metafísica y la filosofía de la ciencia. Solo porque alguien sea un gran científico no significa que tenga un profundo conocimiento del significado de las leyes en el mundo físico y el universo; puede que sepa aplicar las leyes, pero eso no significa que sepa su significado. Así que tenemos la ciencia que trata de la descripción de los fenómenos, y tenemos algo más allá de la ciencia que conlleva la explicación y se conoce como filosofía de la ciencia.

Lo que la ciencia busca explicar

La ciencia no responde a preguntas sobre significado, cuestiones de entidad (como ¿quién está haciendo qué y por qué razón? ¿Quién es responsable de esta regularidad?), y no podemos criticar a la ciencia por no tratar estas cuestiones. Puede que sean preguntas importantes pero no es responsabilidad del campo científico responderlas. Por ejemplo, considera la Ley de la Gravedad. Tiramos el bolígrafo y cae. ¿Por qué ha caído? A causa de la gravedad.

Observamos que el bolígrafo siempre cae cuando lo elevamos y lo lanzamos; sin excepción. Llamamos a la conjunción entre realizar una acción (lanzar el bolígrafo) y su regularidad (caída) la ley de la gravedad. Esto quiere decir que la ley de la gravedad es simplemente el nombre que le hemos dado a esta regularidad, a este fenómeno; sin embargo, no quiere decir que el bolígrafo esté cayendo debido a la gravedad. En otras palabras, la física que creamos para describir esta experiencia se llama “Gravedad” y más tarde no podremos usar este término para explicar un fenómeno similar. Gravedad es el nombre dado al proceso, no una explicación para ello, pero en nuestras mentes tanto el nombre como la explicación del fenómeno se han convertido en lo mismo.

Otros ejemplos en nuestro mundo que podemos considerar son las estaciones del año. Piensa por ejemplo en la primavera; ¿a qué se refiere? Se refiere a la estación y a los cambios físicos y condiciones que acompañan a dicha estación, por ejemplo clima, aparición de flores, etc. Si en abril el clima se vuelve más templado (en el norte) y preguntamos por qué se ha vuelto más templado, alguien puede decir porque es primavera. Pero ¿es eso una explicación? ¿Por qué es primavera? ¿Qué es la primavera? “Primavera” es el nombre del acontecimiento, no de la explicación. Las palabras como “primavera” son nombres atribuidos al acontecimiento pero no la explicación. De hecho surge la pregunta: ¿está lógicamente justificado explicar una experiencia a través de una ley causal derivada de la misma experiencia? Al principio, cuando los científicos empezaron a formularse estas preguntas, no estaba claro cuál era la diferencia entre descripción y explicación. Durante mucho tiempo la ciencia estaba pensada como una empresa que competía con la religión a la hora de dar respuestas a la vida.

En lo referente a las leyes naturales, le filósofo americano del siglo XIX Charles Peirce remarcó el punto de que las leyes naturales sirven como descripción de fenómenos naturales, no como explicación de estos fenómenos: “ninguna ley de la naturaleza hace caer una piedra, ni una jarra de Leiden verterse, ni funcionar una pieza de ingeniería”

Una ley de la naturaleza dejada a su aire sería bastante análoga a un tribunal sin sheriff. Un tribunal en esas circunstancias podría inducir a algún ciudadano a convertirse en sheriff, pero no hasta que se haya provisto de un oficial quien, a su pesar, no podría imponer autoridad pero que podría ser el brazo fuerte, su ley debe ser la perfección de la razón humana aunque permanecería como meros fuegos artificiales. Solo así, deja que una ley de la naturaleza – digamos la ley de la gravitación- permanece como una mera uniformidad, una simple fórmula que establece la relación entre términos – y lo que en el mundo induciría a una piedra, que no es un término ni un concepto sino una cosa simple, para actuar de conformidad a esa uniformidad?

Del mismo modo, la ley de la gravedad solo es una fórmula, solo un nombre. No puede hacer, por ejemplo una piedra, actúa de acuerdo a ello. En otras palabras, Charles Peirce está diciendo que una ley de la naturaleza no es un agente que hace que las cosas obedezcan una regularidad en particular de la naturaleza. Es importante recalcar que la noción de ley está muy relacionada con temas de organismos y afinidad de la mente humana para percibir fenómenos naturales y la posibilidad de encontrar socios en la naturaleza más allá de la ciencia (¿cómo si no estamos tan sintonizados con lo que ocurre en el mundo que podemos percibir estas regularidades?). Estos asuntos anuncian la “grandeza” de la ciencia. Cuando llega a la afinidad de la mente humana para realizar modelos recurrentes en el universo, Peirce dice que:

“….la mente del hombre está fuertemente adaptada a la comprensión del mundo; al menos, en este ámbito, donde ciertos conceptos, altamente importantes para dicha comprensión, crece de forma natural en la mente; y, sin esa tendencia, la mente nunca podría tener desarrollo alguno”.

No habría ciencia si uno no pudiera entender las regularidades.

En nuestra investigación científica, nos justificamos en la búsqueda de estas regularidades con la esperanza de que, para la mayoría, permanezcan estables, pero no podemos asumir que hemos explicado cómo o por qué dichas regularidades/leyes son esenciales. Estamos justificados al decir que hay regularidades y esperamos que estas regularidades y las llamadas leyes universales sean esenciales en el futuro de forma que la tecnología pueda hacerse a partir de predicciones. Solo puede haber esperanza, y no certeza, porque la ciencia se basa en observaciones y hay muchos ejemplos donde puede que la misma observación no se produzca. Así que, aunque la ley científica es avanzada y casi exacta, hay aún una porción de esperanza/fe que no está lógicamente apoyada.

Sin embargo, no se ha dicho que la filosofía de la ciencia no esté completamente separada de la ciencia porque cualquier punto de vista mundial está apoyado por los científicos, sentidos diferentes se adhieren a los experimentos; algunos pueden incluso rechazar realizar ciertos trabajos pues conllevan algo con lo que no están de acuerdo.

Una ley científica afirma una observación repetida de la naturaleza. ¿Cómo llegamos a la conclusión de que tenemos una ley científica? Ocurren varios hechos, (no solo al investigador), que conllevan cierta regularidad, según ciertos parámetros y se crea una afirmación generalizada. El proceso de generalización de un limitado número de observaciones para dar lugar a una afirmación universal o ley se llama proceso de inducción, o a contemplar un cierto número de acontecimientos y decir que esto va a suceder todo el tiempo. La asunción del proceso de inducción es que cuantas más observaciones se hagan sobre un fenómeno particular más reforzará la ley. Aumentará mi certeza de cómo suceden las cosas. Esto está relacionado con el sentimiento de proveer una razón lógica a este modo de pensar.

Solo hay una forma de que esto sea cierto, y no tiene nada que ver con el número de observaciones. Asumimos la relación o conexión entre el objeto y lo que sucede, la causa y el efecto. La asunción es que hay una conexión necesaria entre la causa y el efecto. Uno debe ser capaz de explicar esta conexión de manera lógica, no como algo que dependa solo de la observación sino que también necesita el acontecimiento. Si esto no puede hacerse, si solo se basa en observaciones, la inducción es un problema. Al formular una ley científica, las generalizaciones hechas a través del método inductivo son un problema.

El método de la inducción en la ciencia es bien conocido: observamos un hecho repetido una y otra vez a lo largo del tiempo y juzgamos esta regularidad como algo con lo que podemos contar. Cada observación individual refuerza nuestra fe en una característica del mundo que persevera más allá de un tiempo específico o una circunstancia. En la base de estas leyes, presumimos que ambos la observación ha sucedido y que continuará siendo observada en otras ocasiones por otra gente. En otras palabras, estas leyes científicas universales ofrecen un tipo de certeza a mis observaciones individuales; lo que vemos en cada ocasión se apoya en leyes científicas. En resumen, estas leyes me dicen cómo es el mundo necesariamente, y como resultado confiamos en este proceso inductivo.

Así que, la aplicación básica de nuestro razonamiento inductivo es doble: primero pensamos que podemos describir lo que hemos visto con el uso de las leyes universales, y segundo, que podemos usar estas leyes establecidas para predecir lo que veremos. Sin embargo existe un problema con la mecánica del proceso inductivo. ¿Estamos justificados al formular estas leyes universales simplemente en base a un discreto número de observaciones pasadas que hemos realizado?

Por ejemplo, basado en la observación científica del movimiento planetario, podríamos sugerir que el “sol saldrá cada día”. Sin embargo, solo porque el sol haya salido en el pasado, no significa que continúe haciéndolo mañana o el día siguiente. Así que la inducción basada en el número de veces que ocurre un fenómeno particular es ilógica. No hay garantía de que volvamos a ver salir el sol de nuevo. El sentido de la fe que tenemos en las leyes científicas del movimiento planetario se basa en la suposición de que alguna necesidad ha provocado que el sol salga en el pasado y por tanto que continuará provocando que el sol salga en el futuro. De algún modo asimismo que sea lo que sea que hace que el sol salga, lo hará necesariamente todo el tiempo y bajo cualquier circunstancia. Asumimos la conexión entre causa y efecto que están relacionados. Para poner otro ejemplo, todo el mundo en Europa pensó que “Todos los cisnes son blancos” era verdad porque cada cisne que vieron en su vida era blanco. Sin embargo, cuando algunos viajeros regresaron de Australia y Nueva Zelanda informaron de que habían visto cisnes negros probando por tanto, que aunque cada cisne que tú hayas visto sea blanco, no quiere decir que sea necesariamente cierto. Esta observación negó las generalizaciones previas. Esto nos lleva al tema de la causalidad.

La causalidad es la relación entre un hecho (causa) y un segundo hecho (efecto), donde el segundo hecho se entiende como consecuencia del primero. En la relación de uno con otro, la inducción solo funciona a veces, la causalidad siempre funciona. Tiene poco que ver con el número de veces que ocurre; tiene que funcionar para cada relación causa-efecto. Una ley no estaría hecha de un experimento porque de algún modo sabemos que las casusas y los efectos no están necesariamente ligados unos con otros. Las consecuencias de este modelo del mundo es que el conocimiento empírico está conectado con las relaciones causales entre objetos y sucesos. Según este punto de vista, la lógica del descubrimiento científico es inductiva. En otras palabras, deduce leyes universales a partir de afirmaciones particulares.

Estas afirmaciones inductivas universales, se dice, constituyen el conocimiento por excelencia. Desde un punto de vista lógico sin embargo, no está tan claro, que las afirmaciones universales puedan ser deducidas de las particulares, sin importar lo numerosas que sean. Las deducciones inductivas solo pueden justificarse si la relación causal entre causa y efecto es necesaria, por ejemplo la verdad puramente lógica. Sin embargo, la relación entre causa y efecto es empírica y solo puede establecerse a posteriori a través de la observación.

La lógica del proceso de inducción es como sigue: Primero, supone que la inducción es válida, y entonces concluye que la causación es cierta. Mientras, desde el punto de vista de la lógica, es todo lo contrario; la inducción solo puede justificarse probando que la causación es lógicamente válida, por ejemplo, que la relación entre causa y efecto es necesaria. La inducción no es por tanto lógicamente un método justificado para lograr la universalidad. Como el filósofo de ciencia australo-británico Sir Karl Popper observa, la inducción científica es “inadmisible lógicamente”, “las teorías científicas nunca son por tanto empíricamente verificables”. El problema es que cualquier certeza que creamos que podemos lograr de una ley científica inducida ya no nos sirve como garantía de la verdad del mundo más que cualquier observación individual desde el punto de vista de la lógica.

¿Podemos contar con las leyes de la naturaleza? Depende. Podemos tener fe en ellas; podemos tener esperanza de que continúen en el futuro pero no existe una certeza lógica. No podemos probar que permanezcan siendo ciertas porque no podemos observar algo que sucederá en el futuro (el dogma del experimento).

El filósofo británico Bertrand Russell llama al dogma de la inducción, el “mayor escándalo de la filosofía”. Propone el ejemplo de un granjero y su pollo. El pollo veía que el granjero venía a diario para alimentarle. Dedujo que el granjero vendría a traerle comida cada día. Según el principio de inducción cada acto de alimentar añadía una justificación a su deducción. Entonces un día el granjero llegó y estranguló al pollo. El punto de vista de Russell es que ¡la inducción no puede justificar ninguna conclusión! En otras palabras, solo porque algo parece suceder una y otra vez, de ningún modo necesita ser así para siempre.

Los problemas críticos con el método de la inducción se han discutido mucho antes de los recientes debates y a menudo han estado conectados con el concepto de causalidad. El mismo tema fue también el centro de un acalorado debate entre filósofos y teólogos musulmanes allá por el siglo XII. Aquellos que mantuvieron la corriente (la mayoría de los implicados en el debate) debatieron acaloradamente y fue una minoría la que estuvo a favor de la inducción porque tiene que ser necesario y ¿qué hay de las leyes de la ciencia, las leyes de la naturaleza? Este problema crítico con el método de la inducción también fue señalado en el siglo XVIII por el filósofo escocés David Hume. Hume afirmaba que cuando observamos dos hechos relacionados causalmente, digamos una semilla (A) que da como resultado el crecimiento de un árbol (B), lo que de hecho observamos es la conjunción contingente de dos acontecimientos. Es decir, la causación que creemos percibir actualmente no está “en el mundo de ahí fuera” para que lo observemos. Cuando vemos dos hechos y los consideramos relacionados causalmente, es a través del hábito de la mente, algo que proyectamos al mundo. Una unión causal necesaria como tal, no está garantizada. Hume escribe: “cualquier objeto que se nos presentara, y se nos requiriera pronunciarnos sobre el efecto, que resultaría de él, sin consultar observaciones pasadas; tras lo cual, te ruego, ¿la mente debe proceder en su operación? Debe inventar o imaginar algún hecho, que adscriba al objeto su efecto; y está claro que la invención debe ser enteramente arbitraria. La mente nunca podrá posiblemente encontrar el efecto de la supuesta causa, por el escrutinio y examen más precisos. Ya que el efecto es totalmente diferente de la causa, y en consecuencia nunca puede ser descubierto en ella”.

Esto significa que las leyes causales de la naturaleza no son verdaderas lógicamente y no hay prueba evidente de que esto continúe sucediendo en el futuro. Si volvemos a nuestro ejemplo del sol que sale cada día y la explicación científica a ello en términos de efectos causales en el movimiento planetario, la objeción de Hume cobra el siguiente sentido: cualquier explicación científica que demos sobre la observación de las regularidades en el comportamiento planetario, ningún número de observaciones me da derecho a postular una ley universal. No hay necesidad integrada con la que podamos observar que nos diga que los planetas siempre se moverán de esa manera, y que el sol por tanto parecerá que sale cada día. Simplemente no podemos postular leyes universales que nos digan la forma en que el mundo es irrefutablemente y siempre será a menos que tengamos una buena razón para creer en esas generalizaciones. E incluso si pudiéramos creer en esas leyes universales como “el sol siempre saldrá”, no queda claro cuántas veces necesitamos ver salir el sol con el fin de justificar la propuesta de esta ley. ¿Cuántas “observaciones repetidas” bastarán para permitir la certeza de que algo continuará sucediendo, ya sea en la vida diaria o en el laboratorio? La observación científica, aunque detallada e informativa, no es la verdad irrefutable del asunto. Y si el método científico se restringe a la inducción, parece que nuestros reclamos al conocimiento operativo no son tan ciertos como pensamos.

¿La solución?

Sir Karl Popper ofreció una solución potencial a este problema pensando en el modo en que hacemos ciencia con una nueva perspectiva. Esencialmente, Popper llevó a la ciencia a lo más alto clamando que observamos la ciencia de manera errónea. En lugar de mirar la ciencia para que nos proporcione teorías que son verdaderas definitivamente, Popper dijo que deberíamos contemplar la ciencia para obtener teorías que hemos evitado demostrar como falsas durante mucho tiempo. Esta aproximación a la ciencia se denomina Falsificacionismo. Menos cantidad de soluciones y más cantidad de métodos abreviados, es una herramienta que se nos permite usar en el juego de la ciencia. Describe la aproximación de la Falsificación como: “para que el método científico sea racional, debe apelar al conocimiento de que es lógicamente racional”. Es decir, la ciencia no versa sobre hacer grandes leyes universales, sino sobre el examen de observaciones individuales. Según el modelo de falsificación, la ciencia se ocupa de evaluar y refinar. Lo que pensamos comúnmente como apelaciones científicas al conocimiento, son solo hipótesis que aceptamos hasta que se demuestra que son erróneas.

Fundamentalmente, Popper acepta que la ciencia nunca puede ofrecernos una certeza al 100%, pero, clama, que realmente no es un problema porque eso no es actualmente tarea de la ciencia. El propósito de la ciencia es simplemente dotarnos de una teoría que parece verdadera y que está basada en el hecho de que aún no hemos logrado probar que sea errónea. Una consecuencia desafortunada de esto, sin embargo, es que solo puedes estar seguro de las cosas que has demostrado como equivocadas. Sabemos, por ejemplo, que definitivamente el mundo no es plano. El problema con este hecho es que, aunque cierto, no es particularmente útil saber que algo es en definitiva falso. La práctica de la inducción va más allá de la lógica aplastante. Esto no quiere decir que sea irracional, sino más bien que es no racional o no lógica. Y así, para Popper, lo mejor que podemos esperar es que una apelación dada esté corroborada en un instante del tiempo y si lo suponemos de otro modo, estamos planteando el interrogante de la uniformidad de la naturaleza: que lo que siempre ha sido, continuará siendo (sin razón aparente).

Para recapitular, la ciencia no se hace cargo de la explicación; este es el ámbito de la metafísica. El modo en que explicamos las cosas depende de nuestras creencias y nuestra visión del mundo.

Intentar contestar preguntas de organismo, causalidad, y universalidad desde una perspectiva islámica se llama Filosofía Islámica de la Ciencia. En respuesta a estas preguntas desde la perspectiva islámica, hay cientos de aleyas en el Corán que hablan del mundo, de cálculos, y que observan el universo del que puede conseguirse.

En el caso del Islam, el Corán no hace separación entre lo físico y lo espiritual, o entre la materia y el significado. Son un continuo. La materia es el vehículo que porta un significado como el material de un libro por ejemplo, el papel y la tinta, y las formas de las letras, etc. Todo significa algo; llevan el significado y no puede haber significado sin materia. Desde la perspectiva del Corán la naturaleza trata de eso. Todo se ve como un signo o un símbolo que significa algo señalando a una realidad trascendente, por ejemplo algo que trasciende el material trasciende lo que hay aquí. Existe una continuidad ontológica con el mundo hacia el auténtico concepto de Dios.

Y esta conexión entre lo espiritual y lo físico, lo Divino y el Creador, imparte un cierto grado de santidad al mundo de la naturaleza. Así como las escrituras son sagradas, también lo es el mundo en la interpretación islámica. De hecho, así como el Corán presenta el mundo de la naturaleza como un signo, también denomina a sus aleyas signos, usando la misma palabra. La aleya en el Corán habla de fenómeno natural; se refiere tanto a la aleya en sí como a lo que la aleya hace referencia en el mundo exterior. Esta conexión semántica está reforzada a través de varias descripciones Coránicas.

Según el Corán, Dios se comunica enviando Sus signos. Básicamente no hay diferencia esencial entre signos lingüísticos y no lingüísticos (fenomenológicos); ambos signos son de igual modo signos divinos. Todo lo que habitualmente llamamos fenómenos naturales, como la lluvia, el viento, la estructura del cielo y la tierra, la alternancia de la noche y el día, el cambio de los vientos, etc., todo esto sería entendido, no como un simple fenómeno natural, sino como muchos signos o símbolos que apuntan a la intervención Divina en los asuntos humanos, como pruebas de la Providencia Divina, el cuidado y la sabiduría desplegados por Dios para el bienestar del ser humano en la tierra.

Dios habla con palabras a través de las Escrituras y a través de acciones en el mundo; ambos se ven como modos de comunicación. Por eso la naturaleza también se llama el Corán cósmico en la tradición islámica. Dios habla con un discurso verbal y a través de la actividad creativa. Ambos son signos y uno no existe sin el otro porque el Corán siempre se refiere al mundo exterior. Dios habla y crea y con el fin de entender Su discurso verbal, uno necesita observar la actividad creadora del mundo. Lo opuesto también es cierto: con el fin de entender lo que pasa en el mundo, uno necesita escuchar las Escrituras (discurso verbal). Como una película y su guión, si la película está en otro idioma o no hay sonido, ¿cómo vas a entender? Sería igual que mirar la naturaleza sin Escrituras. De manera inversa, si escuchamos el sonido de la película pero la pantalla está en blanco, sería como escuchar las Escrituras sin estar implicados en el mundo. Así como la naturaleza se ve como el Corán cósmico, los dos deben mirarse el uno al otro. Se ve menos como un libro y más como un discurso; existe la idea de que todo es dinámico y está en constante creación.

El Corán tiene una visión muy clara de la naturaleza y una visión coherente de la causalidad. Habla de las relaciones causales de la ciencia asignada a los Atributos Divinos. Por ejemplo, la diferencia entre ver un huevo inanimado y ver un pájaro vivo y volando que ha surgido de algo aparentemente sin vida se transforma en una maravilla. Debido a la polaridad entre los dos ejemplos, la causa es muy simple pero el resultado es dinámico, la relación y la conexión parecen existir.

El Corán menciona los cielos 310 veces, la tierra 451 veces, el proceso de la lluvia, las nubes y el agua más de 50 veces, etc. Habla de los mares, árboles, vegetación, la formación del embrión humano, etc.

“En los Cielos y en la Tierra, hay en verdad señales para los creyentes. Y en vuestra creación y en Su diseminación de las criaturas vivas se dan señales para una gente que busca la certeza de la fe. Y en la alternancia de la noche y el día, y en la provisión que Dios hace descender del cielo y por ella revivifica la Tierra después de su muerte, y en Su cambio de dirección de los vientos. Esas son las Revelaciones de Dios que os recitamos a vosotros con la verdad, ¿en qué otra declaración creerán pues si no es en las Revelaciones de Dios?” (Corán 45:3-6)

“Dios es Quien ha puesto el mar a vuestro servicio haciéndolo sumiso, de modo que los barcos puedan surcarlo por Su mandato y que vosotros podáis buscar de Su generosidad y que podáis dar gracias. Él también ha puesto a vuestro servicio todo lo que se halla en los cielos y la tierra. En esto se dan señales para una gente que reflexiona” (Corán 45:12-13)

“Es cierto que en la creación de los Cielos y la Tierra y en la alternancia de la noche y el día se dan signos para la gente de discernimiento. Conmemoran y mencionan a Diso de pie, sentados y recostados y reflexionan sobre la creación de los Cielos y la Tierra. Señor nuestro no has creado esto sin sentido ni propósito. Gloria a Ti” (Corán 3:190-191)

“Hemos establecido en la Tierra firmes montañas para que no les sacuda con su movimiento y hemos hecho en ella amplias sendas para que puedan encontrar su camino. Hemos establecido el Cielo como un manto protegido. Él es Quien ha creado la noche y el día, el sol y la luna. Cada uno en su órbita” (Corán 21:31-33)

“Sin duda os hemos creado de tierra y el origen material de cada uno de vosotros es la tierra. Luego de una gota de líquido seminal, a continuación, de un coágulo, después de un pedazo en parte formado y en parte informe, para ver la tierra seca y sin vida, y de repente cuando hacemos caer agua sobre ella, se agita y hace brotar todo par de vegetación agradable. Dios es Aquel Quien es la Verdad Absoluta y Leal” (Corán 22:5-6)

También hace un uso amplio de frases como “Así que mira a…”, “¿No ven que…?”, “¿No piensan que…?”, haciendo un llamamiento repetitivo a la audiencia para que miren el mundo.

“Di: Marchad sobre la tierra y contemplad cómo Dios originó la creación” (Corán 29:20)

“Entonces, que el ser humano considere su alimento. Que vertemos agua en abundancia, a continuación hendimos la tierra en surcos. Y así posibilitamos que el grano crezca allí, las uvas, las plantas comestibles, olivos y palmeras datileras, y los jardines frondosos, frutos y vegetación, como medio de sustento para vosotros y vuestros animales” (Corán 80:24-32)

“¿No consideran los camellos cómo fueron creados? Y el cielo ¿cómo ha sido elevado en lo alto? Y las montañas ¿cómo han sido puestas firmes? Y la Tierra ¿cómo ha sido extendida?” (Corán 88:17-20)

Hay menos interés en el “por qué” y más en el “cómo”. Aunque la ciencia, como estudio sistemático de la naturaleza que se desarrolló en la civilización islámica, no podría tratar la naturaleza y su estudio como una entidad separada de la visión islámica del mundo; esto incluye las ciencias que se inspiraron en la visión mundial del Islam – el concepto de tiempo, espacio, funciones trigonométricas (todo se relaciona). Todo esto sucedió en el siglo 12; funciones como el seno, coseno, tiene un trasfondo a una visión particular. Las regularidades, las leyes de la naturaleza reflejan actualmente las leyes de los Nombres Divinos.

En esta visión coránica, la naturaleza es un sistema dinámico más que un cuerpo inerte. La naturaleza acepta y actúa según los Mandamientos Divinos, como todo aquello que está entre los cielos y la tierra. Esta visión de la naturaleza le otorga cualidades metafísicas distintas. Más que ser autosuficiente, autónoma o aleatoria, la naturaleza es descrita por el Corán como un sistema sofisticado de entidades interconectadas, consistentes, uniformes y altamente activas, todo lo cual depende ontológicamente del Creador y Le exalta en su manera específica. Como repite a menudo el Corán “los siete cielos y la tierra y todo lo que se halla entre ellos glorifica a Dios”.

Esta dependencia y subordinación de la naturaleza a Dios sin embargo no ocurre por azar, puesto que los caminos y las leyes de Dios no cambian (Corán 33:62). Actualmente así es como se supone que el musulmán alcanza la fe en lo divino, por ejemplo observando la uniformidad de la naturaleza, que es una señal de actividad divina. Así el mundo entero de la naturaleza opera a través de leyes inmutables que pueden descubrirse investigando la naturaleza. Puesto que estas leyes son uniformes y conocibles, y puesto que la naturaleza apunta a algo más alto que ella misma – es decir, al Creador en Sí – nos indica que el estudio de la naturaleza nos lleva a un entendimiento de Dios, y esto es una forma de adoración.

El historiador de la ciencia, el Profesor Briffault escribió sobre la aventura científica en la forma en que fue llevada siglos antes en la civilización musulmana:

El método de la observación continua se llevó sistemáticamente – algunas observaciones duraron más de 12 años – en los observatorios de Damasco, Bagdad y El Cairo. Le dieron tanta importancia a la precisión en sus documentos que aquellos de especial interés eran formalmente firmados bajo juramento de forma legal (Briffault, 143)

Asimismo escribió:

Los árabes no solo crearon esas matemáticas que eran el instrumento indispensable del análisis científico, sino que sentaron los cimientos de los métodos de investigación experimental que en conjunción con los análisis matemáticos dieron lugar a la ciencia moderna (Briffault, 144-145)

Actualmente el emerger de la ciencia en la civilización islámica está conectado con el fenómeno del Corán que provee una clara concepción de la naturaleza, las leyes de la naturaleza y la causalidad, dando por tanto una visión coherente del sujeto de investigación científica (por ejemplo la naturaleza). Las ciencias que emergieron en la civilización islámica pueden verse como con uniones intrínsecas con la visión islámica incluyendo rituales islámicos como las cinco oraciones diarias o la peregrinación a La Meca.

Muchas ramas de la ciencia fueron directamente relacionadas a las prácticas islámicas y emergieron desde una visión específica de la naturaleza anclada en el Islam: la astronomía solía determinar la distancia y dirección hacia La Meca (la dirección a la que se dirigen los musulmanes para las oraciones diarias cinco veces al día); geografía; cartografía; y más. En ese momento, cuando la tierra se pensaba que era plana, Idrisi (siglo XII) la dibujó esférica.

Los científicos musulmanes estaban más interesados en el infinito que en lo finito. El tiempo y el espacio ya no eran conceptos estáticos (griegos), sino dinámicos. Ya que Dios se revela en este mundo en cualquier momento de la existencia, y que este mundo está continuamente existiendo, observaron el universo no como algo finito, no como siendo, sino llegando a ser. Expresaron esta convicción elevando números al estatus de funciones que implicaban movimiento, dinamismo, y conexiones relacionales (más que entidades separadas y estáticas).

El Corán continuamente afirma en los términos más claros que nada a excepción de Dios posee los atributos de Divinidad, y que bajo no importa qué nombre, ninguna causa tiene atributos como hacedor, creador, sustentador, elevador de plantas de la tierra, creador de la lluvia de los cielos.

“Di: “¿Quién os provee desde el Cielo y la Tierra? ¿Quién es Aquél que posee Poder Absoluto sobre vuestro oído y vuestra vista? ¿Quién hace surgir lo vivo de lo muerto y lo muerto de lo vivo? ¿Quién dirige todos los asuntos?”. Dirán: “Es Dios”. Di entonces: “¿Es que no vais a cumplir vuestro deber para con El con reverencia y temor a Su castigo?” (Corán 10:31)

El universo existe con el fin de conocer al Creador. Considerando la manera en que los seres son creados, aquellos que reflexionan pueden encontrar atributos que conciernen al Creador. Estos atributos divinos se conocen en la tradición islámica como los Bellos Nombres. Como tal, se supone que los musulmanes deben estudiar el universo con el objeto de conocer a su Sustentador a través suyo. Tanto las causas como los efectos, y particularmente sus relaciones de orden, reflejan los Nombres Divinos.

El Corán señala los numerosos y significativos beneficios en los efectos para poder entender que las causas inconscientes están infinitamente lejos de pretender los efectos. También puede entenderse que las causas son solo velos y estos sabios objetivos son la obra del Aquel que es Omnisapiente. Sabio y Poderoso, con infinito conocimiento, sabiduría y poder, etc. De este modo, el Corán descarta las causas de sus propios efectos. Un erudito musulmán explica esto con una metáfora: cuando se ve desde lejos, es decir, cuando se ven superficialmente sin cuestionarse, las causas y efectos aparecen como adyacentes. Pero acercándonos más, y escrudiñando la relación intencionadamente, podemos darnos cuenta que hay una gran distancia entre causa y efecto. Se entiende que incluso una causa aparentemente poderosa como el sol no tiene la menor influencia en el efecto más simple.

La llamada causa de efecto no posee el conocimiento y voluntad necesarios para que el efecto ocurra. Causa y efecto suceden al unísono pero no tienen relación por la que se afecten mutuamente. De hecho su acuerdo resuelto es un signo del Creador que les ha creado a la par. El Corán dice que aunque todas las causas se unieran no tendrían poder para crear el ser menos significante, por ejemplo el mosquito.

La lógica general del Corán en lo referente a la causalidad es:

  1. Ya que las causas son extremadamente triviales y sin poder y los efectos que se les atribuyen son significativos y llenos de arte, esto descarta las causas
  2. Los objetivos y beneficios de los efectos también descargan causas ignorantes y sin vida, y las cede al Hacedor Sabio.
  • También, el adorno y habilidad en la cara de los efectos indica un Sabio Hacedor que quiere dar Su poder a conocer a los seres conscientes y desea ser amado.

 

Esta concepción del mundo de ningún modo deniega la uniformidad del mundo. Actualmente es lo opuesto; el orden es en sí una prueba de unidad. Cada relación entre causa y efecto es considerada en sí como un signo que señala al Hacedor y Le atribuye el resto de la creación. El punto crucial es que estas relaciones son verticales y están directamente conectadas al Hacedor. El orden destacable del universo se entiende para proceder desde la Sabiduría de Dios. Las reglas y decretos de la creación proceden de los Atributos Divinos. La uniformidad de la secuencia de la causa y efecto en un signo (aya) que apunta a Dios y hace que se Le conozca con Sus Nombres y Atributos.

Dada las inherentes relaciones entre Dios, humanidad y naturaleza, es imposible en el Islam concebir la naturaleza como una entidad independiente y autosuficiente. De ese modo, la ciencia – como empresa organizada que estudia y explora el mundo natural – se concibe como una entidad integral al Islam. De hecho, la falta de separación entre estado y religión en la política islámica se aplica a otros dominios, ya que los musulmanes creen que el Islam no es solo un conjunto de órdenes y rituales sino un modo de vida, que abarca todos los dominios del conocimiento y la actividad humana. Esta visión se basa en el principio de tawhid, la Unicidad de Dios, un concepto que yace en el corazón de la tradición islámica. La unicidad o tawhid unifica todos los campos del ser y del conocimiento, convirtiéndolos en ramas del mismo árbol. Todo está conectado y deriva de la Fuente Única. Puede ser difícil para la mente occidental – acostumbrada a ver la religión como un conjunto de creencias personales – para entender este aspecto del Islam.

El significado del fenómeno y la regularidad es intencionado y hay piedad en ello. El orden no es algo dado sino un regalo y signo de cuidado y amor. Cuando un bebé sale del vientre materno, la leche de la madre está lista. Siempre existe la misma preparación para la vida de cualquier bebé; es un hecho. Aquí es donde la filosofía y la ciencia empiezan a “tocarse” y donde el Islam proporciona una filosofía a lo que la ciencia observa.

Extraído del libro El Maestro Compasivo: Ensayos sobre la Fe Islámica escrito por Dr. Eren Tatari (http://www.amazon.com/Compassionate-Teacher-Eren-Tatari-ebook/dp/B00EBC8MSK/ref=sr_1_8?ie=UTF8&qid=1415108190&sr=8-8&keywords=eren+tatari)

Traducido por Yolanda Sánchez Martínez (yosamar@hotmail.com)

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